Soy de los tuyos - La comunidad de Don Bosco

Artémides Zatti

(servicio)

Es 1941 y las noticias que llegan al hospital San José, en Viedma, no son nada buenas. La orden es desalojar a la brevedad ese mismo edificio, que será demolido, y trasladar a pacientes, médicos y enfermeros a una nueva ubicación, más alejada de la ciudad. Los reclamos y las esperanzas se dirigen a quien es el “corazón” del lugar: el hermano Artémides Zatti, salesiano y enfermero.

Zatti era una persona de muy buen humor. No lo descontrolaba ni la indiferencia de los otros, ni los tratos bruscos de gente nerviosa. Él siempre sonreía. Lo afectaba, sí, el dolor de los enfermos. Entonces recurría a su creatividad y compasión, con chistes o frases ocurrentes para animarlos.

De Don Bosco hemos escuchado que fundó oratorios, casas, capillas, escuelas y talleres… pero, ¿un hospital? Esa fue la necesidad que reconocieron los misioneros salesianos en el entonces pequeño pueblo de Viedma, a fines del siglo XIX. Así abrieron la primera farmacia del lugar: los ricos pagaban los remedios, los pobres no. Se compensaba lo uno con lo otro. Y luego el hospital San José, el primero de la Patagonia argentina.

En ese hospital desplegó Zatti su pasión por el Evangelio y su amor a Jesús mediante el servicio a los más pobres y enfermos de la región. Se ocupó no sólo de procurar atención médica y tratamientos, sino también de acompañar a aquellos que estaban solos o que sufrían la pobreza. Al despertar a los enfermos en los pabellones, era característico su saludo: “Buenos días. Vivan Jesús, José y María…”. Y enseguida preguntaba: “¿Respiran todos?”. Los viejos se removían en las camas y contestaban a coro: “Todos, Don Zatti”. 

Una tarea tan grande como conducir un hospital no la asumió una sola persona. Artémides Zatti formaba parte de una comunidad de hermanos y sacerdotes salesianos, donde algunos compartían las tareas del hospital. También acompañaban numerosas Hijas de María Auxiliadora, que eran monjas.

Parte del personal de enfermería era voluntario, personas que donaban su tiempo por fe y vocación. Junto a ellos trabajaban los médicos profesionales. Y numerosos laicos colaboraban con recursos para sostener los gastos del hospital. Con todos ellos, Zatti formó una comunidad que animaba y sostenía la tarea en el hospital. Toda la Familia Salesiana en torno a Zatti se lanza a hacer el bien a los demás.

Con su bicicleta, Zatti trataba de llegar a todos. Recorría el pueblo llevando medicinas, pero también una palabra de aliento, una oración, la compañía en un momento difícil. La tarea de Zatti era especialmente misionera.

Bien podría pensarse que la tarea principal de cualquier enfermero comienza cuando llega su paciente. Pero eso no significa que las personas no tengan otras necesidades. Por eso Zatti no se dedica a esperar en su hospital, sino que acude al encuentro de quienes lo esperan… y de quienes no, también.

Y esto ocurre no porque en el hospital no había gente a quien asistir, sino porque ese humilde enfermero supo reconocer el rostro de Dios en cada uno de sus vecinos, más allá de las circunstancias y de los contextos.

No fue una vida simple la de Zatti. Ya de pequeño su familia había llegado a la Argentina escapando del hambre y la desocupación de Europa. Años más tarde, siendo aspirante al sacerdocio y feliz por haber ingresado a la Congregación Salesiana debe atender a su director enfermo de tuberculosis, quien muere en 1902. Artémides contrajo la enfermedad y por ello debe viajar a Viedma para curarse, donde promete a la Virgen que consagrará su vida al cuidado de los enfermos.

 

“Lo he visto llorar como un niño”, dice uno de los sacerdotes que estuvo a su lado mientras los albañiles comenzaban la demolición del hospital.  Zatti no tenía dónde llevar a sus enfermos. Las flores del jardín son golpeadas con esos escombros tirados con indiferencia: su caridad es abofeteada por las circunstancias.

Bronca, angustia, indignación. Zatti no es ajeno a eso, como cualquier persona que atraviesa una situación injusta y dolorosa. Hay un momento para todo. Pero también hay tiempo para arrancar de nuevo. Frente a la adversidad, Zatti responde con oración, trabajo y comunidad, sin perder nunca de vista qué es lo más importante: no las paredes del hospital, sino la posibilidad de seguir acompañando a pobres y enfermos.

Para Don Bosco, aquellos que lo acompañaron fueron piedra fundamental en el origen de lo que hoy podemos denominar nuestro carisma. Que al repasar anécdotas, encuentros y opciones históricas de estos personajes podamos reconocer aquellos dones y valores que hoy siguen vivos en cada uno de los que formamos parte de esta familia. En definitiva, esos nombres que nos antecedieron como educadores/ras, como ex alumnos/as, como familia salesiana, intentarán ser herramientas para seguir profundizando dimensiones tan propias de nuestra esencia como la escucha, la alegría, el acompañamiento, el servicio, la amistad, el compromiso social, la espiritualidad, la ternura y el cuidado. Dejémonos llevar por las historias, disfrutemos un rato de las opciones de otros/as tantas que en tiempos de don Bosco descubrieron una manera de estar entre los pibes. Reconozcamos esos valores que dieron origen al Sistema Preventivo en muchos de los que hoy, como comunidad del Santa, intentamos mantenerlo vivo día a día.

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