Soy de los tuyos - La comunidad de Don Bosco

Luis Comollo

(amistad)

Se veía desde algunos días un modesto jovencito de unos quince años, que, al llegar al colegio, ocupaba su puesto y sin preocuparse del alboroto de los otros, se dedicaba a leer o a estudiar. Un compañero insolente se le acerca, lo toma por un brazo y pretende que él también vaya a jugar al caballito.

—No sé -  respondía el otro, todo humilde y mortificado - No sé, nunca he jugado estos juegos.

—Yo quiero absolutamente que vengas, de lo contrario te haré venir a fuerza de patadas y trompadas.

—Podés pegarme a tu gusto, pero yo no sé, ni puedo, ni quiero...

El maleducado lo tomó por un brazo, lo golpeó y después le dio dos trompadas que resonaron por toda la escuela. A la vista de eso yo sentí hervir la sangre en mis venas y esperaba que el ofendido tomara venganza; tanto más que el golpeado era muy superior al otro en fuerza y edad. Pero cuál no fue la sorpresa, cuando el buen jovencito, con su rostro enrojecido y con moretones formandose,, dando una compasiva mirada al malvado compañero solamente le dice:

-Si esto basta para satisfacerte, vete en paz, yo ya te he perdonado.-

Aquel acto heroico despertó en mí el deseo de saber el nombre, que era precisamente Luis Comollo, sobrino del párroco de Cinzano, del cual se habían oído tantos elogios. Desde entonces lo tuve siempre por íntimo amigo y puedo decir que de él he comenzado a aprender a vivir como cristiano. Puse plena confianza en él y él en mí; el uno necesitaba del otro. Yo de ayuda espiritual, él de ayuda física. Porque Comollo, por su gran timidez, no osaba nunca intentar defenderse ante los insultos de los malos; mientras yo era temido por todos los compañeros, incluso mayores de edad y estatura, por el coraje y mi descomunal fuerza. Esto lo dejé en claro un día con algunos que querían despreciar y golpear al mismo Comollo y a otro llamado Antonio Candelo, modelo de bondad e ingenuidad. Yo quise intervenir en su favor, pero no me prestaron atención. Viendo un día a esos inocentes maltratados,

—¡Ay de ustedes!- dije en voz alta-, ¡ay de los que todavía continúan maltratandolos!

Un número notable de los más altos y de los más descarados se pusieron en actitud de defensa común y de amenaza contra mí, mientras dos sonoras trompadas cayeron sobre el rostro de Comollo. En aquel momento yo perdí el control de mí mismo, e impulsado no por la razón sino por mi fuerza bruta, no encontrando a mano ni silla ni bastón, agarré con las manos a un compañero por la espalda y me serví de él como de un garrote para golpear a los adversarios. Cuatro cayeron maltrechos por tierra y los otros huyeron gritando y pidiendo piedad. ¿Y qué pasó? En aquel momento entró el profesor en la escuela, y viendo brazos y piernas volando por el aire, en medio de un alboroto de otro mundo, se puso a gritar dando golpes a diestra y siniestra. La tormenta estaba por caer sobre mí cuando, pero haciendo relatar la causa de aquel desorden, quiso que fuese recreada aquella escena, o mejor, de mostración de fuerza. Rió el profesor, rieron todos los alumnos, y, todos maravillados, no se prestó más atención al castigo que yo me habría merecido.

Bien otras eran las lecciones que me daba Comollo:

—Querido mío - me dijo apenas pudimos hablar entre nosotros-, tu fuerza me asusta, pero créeme, Dios no te la dio para masacrar a los compañeros. Él quiere que nos amemos, nos perdonemos, y que hagamos el bien a aquellos que nos hacen el mal.

Yo admiraba la caridad del colega, y poniéndome de hecho en sus manos, me dejaba guiar a donde y como él quería. De acuerdo con el amigo Gariglia, íbamos juntos a reconciliarnos, a comulgar, a hacer la meditación, la lectura espiritual, la visita al Santísimo Sacramento y ayudar en la Santa Misa. Era de invitar con tanta bondad, dulzura y cortesía, que era imposible rechazar sus invitaciones. 

Memorias del Oratorio

Para Don Bosco, aquellos que lo acompañaron fueron piedra fundamental en el origen de lo que hoy podemos denominar nuestro carisma. Que al repasar anécdotas, encuentros y opciones históricas de estos personajes podamos reconocer aquellos dones y valores que hoy siguen vivos en cada uno de los que formamos parte de esta familia. En definitiva, esos nombres que nos antecedieron como educadores/ras, como ex alumnos/as, como familia salesiana, intentarán ser herramientas para seguir profundizando dimensiones tan propias de nuestra esencia como la escucha, la alegría, el acompañamiento, el servicio, la amistad, el compromiso social, la espiritualidad, la ternura y el cuidado. Dejémonos llevar por las historias, disfrutemos un rato de las opciones de otros/as tantas que en tiempos de don Bosco descubrieron una manera de estar entre los pibes. Reconozcamos esos valores que dieron origen al Sistema Preventivo en muchos de los que hoy, como comunidad del Santa, intentamos mantenerlo vivo día a día.

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