Soy de los tuyos - La comunidad de Don Bosco

Teólogo Juan Borel

(amistad)

Fui muy afortunado en el seminario y siempre disfruté del afecto de los compañeros y de todos mis superiores. En los exámenes semestrales solían dar un premio de 60 francos en cada curso al que obtuviera las mejores calificaciones por estudio y conducta moral. Ciertamente, Dios me bendijo; los seis años que pasé en el seminario me concedieron siempre dicho premio. Durante el segundo curso de teología me hicieron sacristán, oficio de poca importancia, pero que expresaba una singular prueba de benevolencia por parte de los superiores y comportaba el suplemento de otros sesenta francos. De esta manera reunía la mitad de la pensión; el caritativo Don Cafasso se encargaba del resto. El sacristán se ocupaba de la limpieza de la iglesia, sacristía y altar, así como de ordenar lámparas, velas u otros ornamentos y objetos necesarios para el culto.

A lo largo de aquel año, tuve la suerte de conocer a uno de los ministros con más dedicación del santuario que vino a predicar los ejercicios al seminario. Entró en la sacristía con aire jovial y expresiones alegres, sazonadas con sentencias morales. Al observar su preparación y acción de gracias -antes y después de la misa-, su porte y fervor en la celebración de la misma, me percaté al instante de que se trataba de un digno sacerdote, como precisamente lo era el teólogo Juan Borel, de Turín. Cuando seguidamente comenzó la predicación y admiramos su sencillez, la viveza, claridad y el fuego de caridad que manifestaba en cada una de sus palabras, todos iban repitiendo que era un santo.

En efecto, todos se lo disputaban a la hora de confesarse, de tratar sobre la vocación y recibir algún recuerdo particular suyo. También yo quise hablar con él de los asuntos de mi alma. Al solicitarle, al final, algún medio seguro para conservar el espíritu de la vocación durante el año y especialmente en tiempo de vacaciones, me dirigió estas memorables palabras: «El recogimiento y la comunión frecuente conservan y perfeccionan a un verdadero sacerdote».

 

Los ejercicios del teólogo Borel hicieron época en el seminario; años después aún se repetían las santas máximas que públicamente había predicado o aconsejado en privado.

Memorias del oratorio

Del teólogo Borel, a quien Don Bosco lo conoció en el Convento, asimiló su dedicación y caridad pastoral: “entre nosotros se comenzó a hablar de él como de un santo al constatar la manera popular, viva y clara con que predicaba, y percibir el fuego de caridad que animaba todas sus palabras”. Fue uno de los primeros y más fieles colaboradores del Oratorio.

Para Don Bosco, aquellos que lo acompañaron fueron piedra fundamental en el origen de lo que hoy podemos denominar nuestro carisma. Que al repasar anécdotas, encuentros y opciones históricas de estos personajes podamos reconocer aquellos dones y valores que hoy siguen vivos en cada uno de los que formamos parte de esta familia. En definitiva, esos nombres que nos antecedieron como educadores/ras, como ex alumnos/as, como familia salesiana, intentarán ser herramientas para seguir profundizando dimensiones tan propias de nuestra esencia como la escucha, la alegría, el acompañamiento, el servicio, la amistad, el compromiso social, la espiritualidad, la ternura y el cuidado. Dejémonos llevar por las historias, disfrutemos un rato de las opciones de otros/as tantas que en tiempos de don Bosco descubrieron una manera de estar entre los pibes. Reconozcamos esos valores que dieron origen al Sistema Preventivo en muchos de los que hoy, como comunidad del Santa, intentamos mantenerlo vivo día a día.

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