Soy de los tuyos - La comunidad de Don Bosco

Pablo Álbera

(amistad)

Pablo nació el 6 de junio de 1845 en None, una población entre Turín y Pinerolo. Era el séptimo hijo de una familia de campesinos de clase media y se encontró por primera vez con Don Bosco en la parroquia de su pueblo cuando tenía trece años de edad. El 18 de octubre de 1858 ingresó al Oratorio de Valdocco. Albera era muy estudioso y era de los primeros de la clase, manifestando mucho ingenio y gran voluntad; pero sobresalía también por su piedad, por lo cual era muy querido por Don Bosco.

 

Seguro que lo conocés. Tal vez no sepas o no recuerdes su nombre, pero lo conocés. Es el pibe que está confesándose con Don Bosco en medio de un montón de chicos y jóvenes en aquella famosa foto de 1861.

“¡Vení, Pablito, vení!”, lo llamó, invitándolo a ocupar el reclinatorio para esa foto que será por sí sola toda una catequesis, una descripción del ambiente de escucha y de confianza que Don Bosco siempre quiso crear entre sus muchachos.

“Pablito” no llegó a conocer los días del oratorio ambulante, cuando Don Bosco andaba de aquí para allá buscando un lugar en las barriadas de Turín donde reunir a sus muchachos. Cuando él llegó a Valdocco el oratorio ya estaba instalado y en marcha. Don Bosco había levantado la iglesia de San Francisco de Sales y había abierto su casa para hospedar a los muchachos. Todavía estaban frescas en el ambiente las historias del joven Domingo Savio, que había muerto apenas el año anterior, y Miguel Magone empezaba a corretear por esos mismos patios. Pablito se adaptó enseguida a su nuevo ambiente, se destacó por su responsabilidad para el estudio y se hizo muy amigo de Don Bosco.

Con solo catorce años de edad, era demasiado chico para estar en el grupo de aquellos primeros muchachos que el santo convocó en la noche del 18 de diciembre de 1859 para hacerles la propuesta de fundar con ellos una nueva congregación. Pero en 1862, al año siguiente de la foto famosa, Pablo Albera formará parte del primer grupo de veintidós jóvenes que harán sus votos como salesianos. De allí en adelante Don Bosco le encargará siempre tareas de suma confianza. 

En 1863 estuvo entre los primeros salesianos que dejaron Turín para abrir una nueva casa. Fueron cerca, apenas a cien kilómetros, en Mirabello Monferrato, bajo la dirección del joven sacerdote Miguel Rua, de 26 años.

(...) Poco a poco los pasos se harán más largos. Y así Pablo Albera será enviado por Don Bosco a Marsella, en el sur de Francia, donde al crecer la Congregación será el primer inspector salesiano. A su llegada había en Francia tres casas salesianas. Cuando diez años después concluya su misión, llegarán a trece y Pablo Albera será conocido en todas partes como “le petit Don Bosco”, es decir “el pequeño Don Bosco”.

“Pablito, Pablito”, murmuraba Don Bosco en Turín llamando en la agonía a su amigo lejano. El 12 de enero de 1888 Pablo Albera volvió de Francia para despedirse con profunda tristeza de ese hombre a quien veneraba como a un padre. Pero en Francia lo esperaban tareas urgentes y el viaje siguiente a Turín sería recién en febrero para asistir a los multitudinarios funerales del santo.

En 1891, a la muerte de Don Bonetti, Pablo Albera es elegido para reemplazarlo como director espiritual de la joven congregación que, bajo la dirección de Miguel Rua, primer sucesor de Don Bosco, se expande incesantemente por el mundo.

(...)Pablo Albera cruzó mares y ríos, selvas y montañas, viajando en embarcaciones de todo tipo y tamaño, a caballo, a lomo de mula y a pie, en tren, en galeras y diligencias. Así visitó durante tres años las más de doscientas obras salesianas en los cuatro continentes. 

Apenas comenzado el siglo XX se reencuentra, en Argentina, con monseñor Cagliero y preside con él un congreso de salesianos cooperadores. Visita desde presidentes y obispos hasta los lazaretos de los leprosos y las chozas de los pueblos amazónicos. “El nombre de Don Bosco allanó caminos, venció los obstáculos y ganó las simpatías y los corazones”, escribe en el Boletín Salesiano que difunde paso a paso su recorrido por el continente y sus experiencias. A la muerte de Don Rua, en 1910, a todos les pareció lo más lógico que Pablo Albera fuera elegido como segundo sucesor de Don Bosco.

Durante sus primeros años como Rector Mayor continuó sin pausa la expansión de la Congregación. Cada año Don Albera despedía en Turín nuevas expediciones de misioneros salesianos para distintos lugares del mundo. 

Para Don Bosco, aquellos que lo acompañaron fueron piedra fundamental en el origen de lo que hoy podemos denominar nuestro carisma. Que al repasar anécdotas, encuentros y opciones históricas de estos personajes podamos reconocer aquellos dones y valores que hoy siguen vivos en cada uno de los que formamos parte de esta familia. En definitiva, esos nombres que nos antecedieron como educadores/ras, como ex alumnos/as, como familia salesiana, intentarán ser herramientas para seguir profundizando dimensiones tan propias de nuestra esencia como la escucha, la alegría, el acompañamiento, el servicio, la amistad, el compromiso social, la espiritualidad, la ternura y el cuidado. Dejémonos llevar por las historias, disfrutemos un rato de las opciones de otros/as tantas que en tiempos de don Bosco descubrieron una manera de estar entre los pibes. Reconozcamos esos valores que dieron origen al Sistema Preventivo en muchos de los que hoy, como comunidad del Santa, intentamos mantenerlo vivo día a día.

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